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lunes, 12 de agosto de 2013

El falo y la psicología masculina I

Un hombre pegado a un pene
Un adolescente se levanta una mañana y nota que ha tenido un sueño húmedo. Su pene aun sigue erecto como queriendo ser estimulado de nuevo y el chico, sin más, se concede unos minutos extra en la cama y se masturba para acabar por segunda vez... En el transcurso de un importante seminario, un ingeniero muy inteligente, pasados los cuarenta, se dirige desde el estrado a una audiencia de cerca de cien personas que asisten a enriquecerse de su interesante discurso. De repente, el hombre siente que su miembro se comienza a erectar, no a causa de ningún estímulo sexual, es simplemente una erección espontánea que pone a su dueño en la difícil situación de creer que todo el mundo se dará cuenta de ella, y al no poder ocultarla fácilmente, su mente divaga por segundos sin poder concentrarse en lo que está exponiendo... En los vestidores de un gimnasio, un hombre joven, apenas pasados los treinta, decide tomar unos minutos para relajarse en el vapor. Se desnuda y entra en el recinto donde están ya unas cuantas personas. Al poco rato, quizás a causa del ambiente cálido y húmedo, el joven comienza a erectarse y este intenta pensar en cosas desagradables para evitar un "levantamiento completo del mástil", el cual, al ser infructuoso, da lugar a la angustia de que los otros lo vean erecto y puedan juzgarlo como un morboso o un degenerado... Un hombre joven, casado y con hijos, está en la playa con su familia. Tendido en la arena, sus ojos dan una barrida general a la gente que, junto con ellos, pasan un día de vacaciones. De pronto se detiene a mirar a una chica en bikini con un cuerpo espectacular que camina por la orilla como si viniera hacia donde esta él. En ese instante su pene comienza a ponerse en "modo de combate" y su angustia es que pueda notarse algo debajo de su traje de baño, teniendo justo a su mujer al lado... Llega el final de la tarde de un viernes y un padre de familia, después de una semana llena de compromisos laborales, vuelve por fin a su casa fantaseando con hacerle el amor a su esposa al llegar: un sexo intenso, apasionado y hasta salvaje. Su mente divaga con fantasías teniendo sexo en la sala, el baño o la habitación y su pene está ya durísimo y segregando líquido preseminal. Cuando llega a casa, irrumpe donde está su esposa, la abraza, la estimula con besos y toques en sus pechos y sus nalgas, y al momento de desnudarse para el sexo, su pene se ha puesto flácido y por más estímulo de ambos, no hay manera de que se erecte de nuevo...



Estas situaciones, u otras similares, las hemos vivido los hombres, una o varias veces, a lo largo de nuestra vida. Algunas veces podemos llegar a creer que en nuestro interior reside un ser que se comporta justo al contrario de lo que es socialmente correcto. Este "ente" domina, por sobre todo, los comportamientos de nuestro pene: el cual, en un momento determinado, se encuentra flácido, descansando apaciblemente dentro de nuestros calzoncillos, y al instante siguiente se yergue hasta que se marca notablemente debajo de nuestros pantalones. Las sensaciones que sentimos al experimentar una erección son tan placenteras y estimulantes que algunos hombres se ven en la necesidad de masturbarse todos los días. Cuando la imaginación se abre paso a eróticas fantasías, ahí mismo nuestro pene hace notar su presencia: las erecciones son difíciles de ocultar, están generalmente fuera de nuestro control. Definitivamente podríamos decir que, en algunos momentos de nuestra vida, nos hemos sentido simplemente como "un hombre pegado a un pene".



Ya hemos dedicado anteriormente un artículo (en dos partes) al tema del falo desde el punto de vista arquetípico y sus connotaciones como hecho trascendente en la vida de los hombres. De tal artículo "El falo como experiencia religiosa" podemos resumir algunas cosas: 
  • El falo se lo concibe, en su aspecto físico, como el pene en estado de erección; no es nunca un pene flácido.
  • El falo se manifiesta independiente de la mente consciente y racional de su dueño.
  • El comportamiento del falo es siempre "amoral": no respeta lugares, momentos ni prejuicios éticos o morales.
  • La naturaleza del falo es siempre instintiva, animal, salvaje, primordial, generadora, creativa.
  • El falo busca siempre exhibirse, a veces de forma aparatosa o grotesca; está asociado con los genitales externos del hombre.
  • El falo es esencialmente perforador, perturbador, atrevido, penetrante.
  • El falo es por naturaleza una condición netamente masculina y por lo tanto se expresa en su total magnitud solo en los hombres. 
Pero establezcamos desde ya la distinción entre pene y falo. Para el psiquiatra Anthony Clare, de su libro "Hombres, la masculinidad en crisis": 

"Pene es un término anatómico que se refiere al órgano procreador masculino. Falo es un término antropológico relacionado con su imagen.  El pene es un órgano con funciones biológicas, el falo es un concepto venerado en diversas religiones como un símbolo del poder masculino. Fálico no solo se refiere al pene, sino que incorpora nociones de potencia, virilidad, hombría, fuerza y poder. Se le ha considerado el signo de los signos, la marca que determina la posición del individuo como hombre y le confiere autoridad, control y dominio".



A continuación quisiera exponer un artículo que el psicólogo jungiano Rober Stein escribiera hace mas de 20 años. Este escrito puede darnos más luces sobre la naturaleza del falo y su orientación típicamente dentro de la psique de los hombres. El artículo fue escrito como un solo texto corrido, pero yo quise dividirlo según los distintos tópicos que trata, para lo cual coloqué subtítulos con ideas arbitrarias asociadas a los temas tratados:

El falo y la psicología masculina
por Robert M. Stein

En mi pene reside un espíritu fálico
Lo masculino y lo femenino son cualidades de la personalidad humana comunes a ambos sexos. Pero, mientras que la naturaleza de la mujer tiende a emerger a partir de un espíritu uterino, la del hombre tiende a estar arraigada en un espíritu fálico.

Este espíritu fálico, como el pene mismo (su contraparte física), funciona de manera autónoma, independiente del control de la mente racional. Aunque aparentemente el pene puede ser manipulado para que actúe, sin duda tiene una voluntad propia capaz de resistir todas las argucias de la mente racional (es decir, del ego). Además, los hombres que suelen emplear el ego para controlar las reacciones del pene, lo consiguen a costa de diversos grados de desapego insensible que, a la larga, hace que el espíritu fálico que reside en el pene responda causando algún tipo de impotencia psicológica o fisiológica. Obviamente, el control del ego sobre el pene es mínimo y de duración limitada, aún cuando la actitud y la relación del ego respecto al pene pueda causar cambios profundos en las reacciones de este órgano primario de la sexualidad masculina.

La afluencia repentina e incontrolable de sangre en el pene, que le hace erguirse erecto, es un gran misterio. El deseo que hay tras ello puede ser amor por otra persona, o también pura lujuria o deseo de poder sobre otro, o bien una mezcla de todos estos elementos. A menudo el pene se excita por fantasías sexuales que no tienen relación con ninguna persona concreta. Y a veces ocurre una erección repentina sin ninguna relación con el deseo sexual, lo que sugiere que la irrupción fálica de energía en el pene trasciende el impulso sexual.



Naturaleza del dios fálico
Si aceptamos la idea de que el pene es un órgano que se halla especialmente bajo la influencia del espíritu fálico, podemos deducir algo acerca de la naturaleza de este dios: Falo. Reconoceremos, sobre todo, su cualidad esencialmente impredecible. En la experiencia, parece manifestarse como una afluencia o empuje repentino y poderoso que viene del interior, fluyendo rápidamente con el deseo para contactar con otro objeto, ya sea una idea, una imagen, otra persona o un objeto inanimado. Mientras que el deseo del espíritu femenino, Útero, es ser penetrado, recibir y abrazar, el deseo de Falo es siempre ir hacia la penetración en ámbitos incluso desconocidos. Por tanto, Falo es fundamental en toda iniciativa humana. Sin él podemos ser movidos, pero no podemos mover. Todo aquel que teme salir de estructuras viejas y estables hacia áreas nuevas, desconocidas y aún sin formar, temerá el influjo repentino e irracional de Falo; de ahí la relación adecuada con este espíritu para el cambio y el desarrollo psicológico. A la vez, Falo es un espíritu que siempre se mueve: curioso, impulsivo, explosivo, atrevido pero incapaz de compromiso; rebosante de la energía de su propio poder y listo para usarlo contra todo lo que se ponga en su camino, despreocupado de cuidar y nutrir las relaciones humanas a menos que Eros lo atempere y lo contenga. Cuando las mujeres se quejan de que a los hombres sólo les interesa lo que hay bajo sus bragas y no cuidan la relación, en realidad están hablando de Falo. Cuando una madre es incapaz de habérselas con la actividad constante, las ganas de jugar y las exigencias de su hijo, a menudo padece una mala relación con Falo.



Recuerdo una joven madre que tenía muchas dificultades con su hijo revoltoso; soñó que su hijo zigzagueaba y rebotaba por las paredes de su habitación con tal velocidad que ella tenía que agacharse para no ser golpeada. De repente él se convirtió en un enorme Falo y ella despertó aterrorizada. Obviamente, esta mujer tenía una mala relación con Falo. La relación de un niño con la raíz fálica de su naturaleza masculina se verá muy influida a por una madre tan temerosa y tan crítica ante la masculinidad esencial.

Relaciones entre Eros y Falo
Eros (el amor) y el Falo a menudo son difíciles de distinguir porque ambos son fuerzas vitales fundamentalmente activas e iniciadoras. Ambos viven como una fuerza que nos lleva de donde estamos hacia otro objeto o persona. Según la mitología griega, la diosa del amor, Afrodita, nació de la espuma del mar, que no era otra cosa que el semen que cayó en las aguas a partir de los genitales cortados del dios cielo, Urano. Sin duda, hay una estrecha relación entre Falo y el amor. Tal vez Falo es la fuente primaria de la energía que hay en cada emoción que motiva al hombre a moverse, actuar, iniciar. Dado que el amor es primariamente un gran movimiento hacia la unión con otro, también él debe tener su raíz en Falo.



Sin embargo, Eros y Falo no son idénticos. ¿En qué se distinguen? Quizás es que el amor es siempre un deseo de fundirse, unir, mientras que Falo es primariamente un deseo de penetrar y explorar. Además, el amor siempre despierta un gran interés por conservar la belleza e integridad del otro, mientras que Falo carece de tal interés; en su forma pura tiende a "violar" (irrumpir violentamente) y en última instancia puede destruir el objeto de su fascinación.

viernes, 9 de agosto de 2013

El falo y la psicología masculina II

El falo y la psicología masculina (continuación)
por Robert M. Stein

Falo como fuente de las energías creativas del hombre
Claramente, Falo es la fuente de todas las energías creativas del hombre. Es una fuerza que siempre se mueve desde lo viejo, desde lo que es, hacia lo nuevo y lo desconocido. La curiosidad fálica es el principio activador que hay detrás de la imaginación creativa del hombre, pero la curiosidad penetrante y diseccionadora se vuelve destructiva y antihumana si Eros no conserva la integridad y el misterio del objeto desconocido.

Falo, la fuente generativa de la vida, es pura emoción, puro deseo. Todo pensamiento, impulso, imagen o idea es traído a la vida por Falo. Es espíritu puro, pura energía que todo lo emplea como material para dar forma a su urgencia creativa. En sus ganas insaciables de fertilizar y crear nuevas formas, no percibe ni le interesan las limitaciones humanas. Sin Falo nada se mueve, nada cambia. El miedo a Falo crea fragmentación y parálisis. Debo estar abierto y deseoso de recibir a Falo, de lo contrario no entrará en mí. De este modo, no tengo la relación adecuada con las cualidades femeninas y receptivas de mi alma, mi Útero espiritual se cierra y empiezo a marchitarme porque no puedo ser fertilizado y renovado por Falo. Útero, la tierra receptiva, es por lo tanto primaria. Sin Útero la fuerza vital no tiene quien la reciba, y la sangre de mi propia vida pronto cesará de fluir. Muerte.

Falo y lo femenino
Volvamos ahora a la mujer que estaba tan atemorizada por las cualidades fálicas de su hijo. En el hombre, la imagen interior de lo femenino arquetípico se configura en gran medida a partir de la experiencia que este tiene de su madre. Habitualmente, la mayoría de los hombres occidentales experimentan los aspectos receptivos y maternales de su propia psique como un rechazo de Falo. ¿Cómo podría ser de otro modo? Todo lo que sabemos acerca de los antiguos misterios femeninos indican que se centraban alrededor del culto a Falo. La mujer moderna esta tan apartada de aquellos misterios como lo estaba Edipo. En cuanto a esta madre, en vez de que su Eros abrace y humanice la potente energía fálica de su hijo, ella intenta someter y controlar con su ego a este espíritu irracional. En la medida en que el hombre ve la imagen interna de lo femenino como algo que rechaza a Falo, nunca podrá alcanzar una relación adecuada con su propio espíritu creativo, y lo mismo vale para las mujeres, como ahora veremos. Por tanto, lo femenino interior de cada hombre, su ánima, ha de cambiar antes de que un hombre pueda abrirse verdaderamente a Falo.



¿Cómo se manifiesta esta experiencia negativa de lo femenino en nuestro interior y en la vida? En los sueños de los hombres, un tema frecuente es la súbita aparición de la madre o de una figura materna justo en el momento en que el hombre está a punto de rendirse a sus deseos sexuales. La madre inhibe a Falo. Dado que la madre también se asocia con sentimientos blandos, tiernos y amorosos, y dado que Falo es la fuente de toda pasión, el hombre tiene grandes dificultades para armonizar su pasión con su amor cuando su experiencia del arquetipo materno es tan castradora. Las más de las veces este tipo de modelo arquetípico se instaura en relación con la esposa. A menudo he oído a una mujer expresar su dolor por no poder tener ternura e intimidad física con su marido, porque inmediatamente él quiere follar. Y a menudo he oído a un hombre quejarse de que su esposa dice no al sexo tras haberle excitado con la intimidad física. Este dilema común es una clara señal de que los dos miembros de la pareja padecen la misma relación negativa con Falo. Si la mujer cediera a la pasión sexual de su marido, sabe que los sentimientos tiernos e íntimos serían eliminados, pues también ella padece la plaga interior del rechazador arquetipo maternal.


La impotencia - mental, espiritual y física - es la consecuencia de la incapacidad que tiene el hombre de abrazar a Falo. Nada cambiará su sentimiento básico de inadecuación hasta que supere su miedo a Falo cuando éste empieza a excitarse, alzándose de forma numinosa desde la raíz de su ser. En el caso de la mujer es distinto. En la medida que ella se sienta conectada a la suavidad y receptividad de su Útero espiritual, se sentirá mujer, a menos que su ala esté insatisfecha por vivir únicamente la necesidad de pensar creativamente, de liberarse espiritualmente de su dependencia respecto a un hombre, de individuarse, se sentirá inadecuada e incompleta hasta que, también ella, permita a la plena potencia de Falo entrar en su conciencia. Pero una mujer puede llevar una vida relativamente plena, aunque inconsciente, durante muchos años antes de verse forzada a luchar con su miedo a Falo. Un hombre no puede. Le resulta esencial para su iniciación en la masculinidad.


La potencia fálica
Cuando la fuerza vital generativa (Falo) es plena y fluyente puede dar miedo, pero siempre inspira respeto y fascinación. El Falo erecto da respeto. Pero el Falo no está siempre erecto, la Fuerza Vital no siempre fluye hacia el exterior. A menudo se retira, o yace pacíficamente dormida. Amar a Falo no solo significa abrazar la propia potencia, sino también la propia impotencia. A menos que acepte sentirse débil, ridículo y desamparado, uno siempre temerá la potente irrupción de Falo. El Falo, como la vida, irrumpe como una gran fuerza fluyente, pero también refluye rápida y súbitamente.


Ahora que hemos relacionado el miedo a la potencia fálica y el miedo a la impotencia, podemos señalar algunas diferencias importantes entre la psicología masculina y la femenina. La incapacidad de iniciar una acción efectiva dirigida a la realización de un deseo tiende a hacer que el hombre se sienta impotente. No necesita actuar en la medida en que se siente capaz de actuar. Una mujer tiende a sentirse impotente especialmente cuando está sin deseo; al menos éste parece ser el caso cuando ella está conectada con la base de su naturaleza uterina. En la medida en que la mujer se sienta abierta para responder a los cambios de la vida, puede, sin sentirse inadecuada, aceptar tanto su pasividad como su incapacidad de actuar efectivamente sobre sus deseos. Por supuesto, puede experimentar dolor y frustración por sus necesidades no satisfechas; sin embargo, su sentido de potencia no depende tanto del poder para actuar, sino más bien de la conexión con su deseo y la fe en su capacidad de responder a su realización. 

Por ejemplo, una mujer joven y extremadamente pasiva vivió durante años en un estado de aislamiento sin ningún tipo de relación con hombres. Tras meses de análisis, en los que rechazó examinar su relación con los hombres y la sexualidad, finalmente reveló que no había encontrado nada malo en su situación en tales áreas. Su sentimiento de adecuación procedía de su fantasía de que tan pronto como el hombre conveniente apareciera en su vida, ella estaría lista para recibirlo. Reveló su identificación con la princesa de La Bella Durmiente al darse cuenta, repentinamente, de que sería incapaz de responder a su príncipe encantado aún en el caso de que apareciera. También un hombre puede vivir durante años en una fantástica ilusión acerca de su potencia. Pero su mito es que él tiene el poder de llevar a cabo su deseo, y que sólo está refrenándose hasta que llegue el momento oportuno.


Así pues, el hombre parece obtener su sentido de fuerza y poder a partir de su capacidad para actuar, mientras que la fuerza de la mujer parece basarse más en su deseo de responder. La exigencia de que Falo siempre esté erecto y capaz de autoafirmarse es, naturalmente, más común entre los hombres que entre mujeres, aunque muchas mujeres están interiormente infectadas por una exigencia similar. El hombre se encontrará débil y mutilado espiritualmente mientras esté atrapado en las siguientes ecuaciones:

Falo erecto = Potencia
Falo flácido = Impotencia

Además, se ve forzado a huir de sus ilusiones fantásticas de potencia fálica para poder mantener su sentido de adecuación y autoestima. La vida para él se convierte en una serie de evasiones. Le resulta intolerablemente dolorosa la realidad de su condición existencial y las dimensiones no-fálicas de su personalidad, de modo que las necesidades auténticas del alma siempre se le escapan y quedan irrealizadas.


Nuestra cultura occidental identifica el progreso y la productividad con la vitalidad y la fuerza masculinas. Lo productivo es potente y creativo; lo improductivo es impotente y destructivo. Sin duda, tales actitudes reflejan una comprensión errónea y una distorsión de la masculinidad. Un hombre puede liberarse de su fijación fálica sólo si experimenta y acepta gozosamente los estados de pasividad, inocencia y desamparo como expresiones de su receptiva naturaleza femenina. En vez de marchitarse con sentimientos de impotencia, el  hombre debe ser capaz de sumergirse profundamente en la fuerza de su propio deseo de ser fertilizado.


Fuente consultada:
Stein, R. M. El falo y la psicología masculina. En: Ser hombre (editor: Keith Thompson). Editorial Kairós (1991).

jueves, 29 de septiembre de 2011

El falo como experiencia religiosa II

Carácter sagrado del falo en el contexto cultural y social actual
Independientemente de las causas históricas, la cultura occidental a tendido a considerar como tabú lo genital y lo sexual, procurando ocultar a toda costa esa parte de nuestra anatomía humana, de manera que las oportunidades de asociación y conocimiento de los hombres respecto a su órganos genitales y su sexualidad han sido reprimidas o relegadas a espacios generalmente privados. En la actualidad está prohibido mostrar la desnudez en público. Los hombres cada vez van más cubiertos a actividades en las que sería lógico pensar que requieren de poca ropa, como en los balnearios o la playa. En los baños de los gimnasios, un lugar que se supone no reviste ningún tipo de amenaza a la decencia por mostrarse uno sin ropa, es más frecuente ver sobre todo a los jóvenes bañarse prácticamente con la ropa que llevan puesta. Existe también un terror de mostrar cuerpos desnudos a los niños, los cuales crecen con la creencia de que la desnudez es algo malo o bochornoso.
Cuando se reprimen socialmente los órganos genitales, ocultando los aspectos anatómicos de la masculinidad, gran parte de las ideas y sentimientos asociados con las relaciones entre el hombre y sus genitales queda reprimida en los rincones oscuros del inconsciente.
Pero como dice Monick, en virtud de que parte de los órganos genitales masculinos son externos, el falo es también, por naturaleza, extrovertido, al contrario de los órganos femeninos que son introvertidos. Según este autor:
"El falo es externo, desea exhibirse en forma abierta e incluso aparatosa. El falo se yergue, como queriendo ser notado. Se requiere un modo de manejar este doble vínculo: la necesidad de esconder lo que exige ser mostrado."
Esta relación antagónica entre lo que tratamos de esconder aun cuando él mismo presiona para que se note su presencia, en muchos casos nos ha llevado a tratar a nuestras relaciones con lo fálico de una manera especial.
"... Esta puede ser una manera de proteger al dios, como si la inhibición de la exposición directa fuese un modo de evitar una invasión del tabernáculo sagrado y una disminución del potencial seminal..."
Por otro lado las oportunidades que tienen los hombres de relacionarse entre ellos, en ambientes particulares de naturaleza masculina, parecen ser propiciadas cada vez menos, sobre todo en una sociedad donde las mujeres exigen ser aceptadas en todos los ámbitos. Los espacios para socializar solo entre hombres se restringen entonces a lugares como los vestidores deportivos, donde no queda otra opción que la de superar el socialmente creado sentido de pudor por el cuerpo:
"Los hombres se desnudan juntos sólo dentro de un marco de referencia masculino mutuamente entendido, como en las duchas de los gimnasios. Incluso entonces muchos son cuidadosos de no exponer su pene".
La ambivalencia cuando nos movemos en espacios masculinos, donde se supone que todos "tenemos la misma cosa aquí entre las piernas, por lo tanto no hay de qué preocuparse por mostrarlas", pero que de todas maneras procuramos no exponer, quizás por temor a ser evaluados por los otros, repercute en nuestro desenvolvimiento psicosocial como una manera de comportamiento contradictoria: "sí, es cierto, no hay de qué preocuparse, pero mejor muestro aquellas partes de mi cuerpo que no me perturben". De esta manera todo lo referente a lo fálico y su identidad con lo masculino suele quedar sobreentendido, implícito, incluso bajo un velo de conocimientos y experiencias que solemos afrontar solitariamente. Sin embargo, sea cual fuere la manera en que cada uno de nosotros se acerca a su conciencia fálica masculina, y cualquiera sea nuestra forma de relación con los otros hombres:
"... El dios es reverenciado en la complicidad del secreto masculino. Los hombres saben algo de lo cual no hablan directamente. Se ríen juntos de ello, se entienden en forma implícita, pero no hablan abiertamente. Los hombres comparten un mundo de conocimiento mutuo sin hacer ningún esfuerzo explícito por comunicar lo que se sabe. Aquí uno se acerca a la cualidad religiosa del falo y a las profundidades desde las cuales aflora en la vida masculina."
Así el falo queda envuelto en el misterio, algo que se supone que conocemos todos los hombres pero que ninguno es capaz de expresar de forma directa. El dios queda recluido en el cofre sagrado que le hemos asignado en nuestra psique y su contraparte psicoide -su representación física, el pene-, envuelto entre las seguras capas de tela de nuestra ropa interior.

El falo y la sexualidad masculina como hierofanía
Cuando un hombre emprende su búsqueda de sentido de trascendencia a través del autoconocimiento, y del reconocimiento de las potencialidades de su ser, es probable que afloren las relaciones con su sexualidad, de las cuales el falo es el principal elemento conector. En este caso el falo se presenta como el símbolo más poderoso asociado a su masculinidad.
El pene en erección puede interpretarse como hierofanía, es decir, como la manifestación física de lo sagrado del símbolo fálico, de la fuerza creadora y regeneradora de la vida, a través del hombre.
Nuestra experiencia de lo sagrado a través de lo fálico, principalmente en el momento del sexo compartido o solitario, puede percibirse como una experiencia "numinosa", es decir, cargada de contenidos, sensaciones y elementos emotivos que uno percibe como trascendentes.
Para los antiguos romanos, las manifestaciones asociadas a lo fálico eran llamadas "fascinum", de la que derivan las palabras fascinar y fascinación. Según Monick:
"El falo como objeto de fascinación tiene relación con su capacidad de encantar... Encanto es curiosidad elemental, poder de atracción, capacidad mágica de trasladarnos de lo ordinario a lo numinoso -las características de una experiencia religiosa.
...La fascinación es un compromiso con el alma; es la experiencia de la capacidad de encantar de un símbolo, de capturarnos emocionalmente, de hacer conocer un poder oculto.
Los hombres pueden estar hechizados por el falo tanto como las mujeres, quizás aún más, ya que las prohibiciones culturales en su contra son muy fuertes... El hechizo fálico es un síntoma de la hierofanía masculina."
Entregarse a la exploración lo sagrado, lo trascendental y las oportunidades de autoconocimiento, cuando nos conectamos con nuestro falo, por medio de experiencias sexuales, es una práctica excelente si logramos hacer cada momento un evento especial para experimentar con nuestras energías sexuales e instintivas, tomar conciencia de nuestro cuerpo y experimentar la iluminación, la plenitud y la comunión, con nosotros mismos, nuestra pareja o el cosmos.
Bibliografía consultada:
Monick, Eugene (1987). "Phallos: sacred image of the masculine".
Stephenson Bond, D. (1993). Living Myth.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El falo como experiencia religiosa I

El misterio que persigue a mi pene erecto
Para todas las personas, y para los hombres en particular, el pene representa algo más que un órgano copulador. Son particularmente estrechas las relaciones que establecemos con nuestros órganos genitales masculinos, en particular el pene y los testículos en su saco escrotal, desde el despertar de nuestra sexualidad.

Es difícil que el pene no demande de nuestra atención diariamente, ya que normalmente necesita ser manipulado para que pueda cumplir con su función sexual o excretora. Al estar protegido, o mejor dicho, escondido entre telas de ropa interior y pantalones, es necesario que lo movamos y lo acomodemos varias veces al día para que no nos incomode en el desenvolvimiento de nuestras actividades rutinarias. Lo sacamos a través de la bragueta y lo tomamos con la mano en el proceso de la micción; o lo exponemos completamente para asearlo o al momento de descargar la energía sexual acumulada.

A pesar de los estudios anatómicos y fisiológicos relacionados con la reproducción, la mayoría de las veces el pene representa para nosotros un ente misterioso, obsesivo, indomable, asombroso, independiente e incluso sagrado. Desde los comienzos de la civilización, según David Friedman:

"El pene era un icono de la creatividad; era el vínculo entre lo humano y lo sagrado, un agente de éxtasis corporal y espiritual que aludía a una comunión con lo eterno... una indiscutible fuerza de la naturaleza por su enorme potencial amoral. Vinculaba al hombre con la energía cósmica que cada año cubría los campos con nuevos rebaños y cosechas - y que con tanta frecuencia destruía."

Mi primer encuentro con mi identidad fálica
Un evento reviste un carácter sagrado o religioso si despierta en las personas un sentido de trascendencia, como una experiencia reveladora después de la cual ya no se puede ser el mismo de antes.

Para mí uno de estos eventos lo experimentamos un amigo y yo a la edad de 9 o 10 años aproximadamente. Pertenecíamos a un grupo de excursionismo y estábamos de campamento en la isla militar de La Orchila en las costas de Venezuela. Había pasado ya algún tiempo desde que arribamos a la isla en un buque de la armada venezolana. Los días pasaban entre diversiones, baños en la playa y otras actividades propias del campismo. Para bañarnos con agua dulce contábamos con las duchas reservadas al regimiento militar, alejadas de nuestro lugar de pernocta por unos cientos de metros.

Una mañana, mi amigo y yo nos levantamos por casualidad más temprano que el resto del grupo y, para evitar la congestión que siempre reinaba en las mañanas para asearnos y cepillarnos los dientes, tomamos nuestros paños y corrimos de inmediato a los baños. Al entrar nos topamos con un soldado de espaldas afeitándose frente al espejo de un lavamanos. Nuestra curiosidad de ver a un desconocido con un cuerpo bien entrenado y totalmente desnudo, se incrementó al descubrir que se dibujaban dos testículos prominentes colgando de entre sus piernas semiabiertas.

Después de esta primera sorpresa, no exenta de curiosidad, nos dirigimos a las duchas para bañarnos. El soldado nos previno de abrir la llave de las duchas para que no se le fuera el agua a su lavamanos. Nosotros insistimos en abrir la llave y, al ver nuestra negligencia, el soldado se dirigió directo a las duchas para cerrar la llave de agua. Fue allí cuando nos percatamos, no solo de sus testículos prominentes, sino de un pene realmente grande, quizás como nunca antes lo habíamos visto. Mi amigo y yo nos quedamos boquiabiertos y, casi sin poder evitarlo, una vez que el militar se hubo retirado de nuevo a su sitio de afeitada, volvimos a abrir la llave para ver de nuevo aquello que se movía de un lado para otro cuando caminaba.

Recuerdo todavía ese episodio de mi vida porque, para mí, ese fue un momento especial, yo diría que sagrado: el momento en el que me percaté de la masculinidad de la cuál yo formaba parte, aún cuando mis genitales se insinuaban en mi cuerpo de niño apenas desarrollado. Y no es que nunca antes hubiera visto otros genitales. Para mi no eran extraños los de mi hermano, mis primos y algunos amigos, o los de mi padre o algún tío. Pero ver el tamaño poco común de un pene en un perfecto desconocido, en el tránsito por la etapa preadolescente de mi vida, fue lo que disparó algo en mi interior que me hizo vivenciar un momento trascendente: descubrir que ese era el aspecto de los hombres adultos y que yo, algún día me haría adulto y mis genitales, junto con mi cuerpo también cambiarían. El carácter religioso de la experiencia se dio porque ese momento constituyó una experiencia reveladora, algo que afectó nuestras vidas. A partir de ese momento, y no mucho después, con el inicio de mis primeras masturbaciones, supe que dentro de mi habitaba un dios fálico, caprichoso, misterioso y fascinante, con el que tendría que vérmelas por el resto de mi vida.

Pero, como aseguran los psicólogos, durante el crecimiento del niño hacia la adolescencia y luego la adultez, el desarrollo de la conciencia y del ego opera para restar importancia y opacar cualquier experiencia religiosa o manifestación sagrada del inconsciente, con el propósito de que podamos realizar nuestras actividades cotidianas y cumplir con lo que se espera de nosotros social y culturalmente.

"... Pero la experiencia religiosa retorna en plena noche, entre las menudas grietas de la arcilla de nuestro ego, en insinuaciones y luchas eróticas, cuando menos se espera una intrusión. Entonces uno sabe que un dios está entrando a hurtadillas; su presencia se insinúa por primera vez en los años tempranos". (E. Monick).



El falo como símbolo sagrado de la masculinidad
El pene y el falo se relacionan porque el primero es la manifestación viva del simbolismo que representa el segundo. D. Stephenson Bond, un psicólogo de corriente jungiana, nos aclara:

"Un símbolo es una cosa misteriosa. Cuando nos agarramos a él nos lleva a profundidades cada vez mayores, como una rama en el suelo que nos sumerge hasta las raíces de la psique, bajo la tierra firme de la razón. Una imagen (simbólica) apunta a algo más de ella misma... dice lo que significa, pero siempre significa más de lo que dice."

A través de la historia, aquellas civilizaciones que veneraban el falo, lo consideraban una imagen sagrada, por su potencialidad como símbolo de la reproducción, la renovación y hasta de la resurrección. Según George Elder:

"El falo, como todos los grandes símbolos religiosos, indica una misteriosa realidad divina que no puede ser aprehendida de otra manera. En este caso, sin embargo, el misterio parece rodear al símbolo mismo... Este símbolo es importante para la religión no como un miembro flácido, sino como un órgano erecto."

El falo erecto, un símbolo sagrado de la masculinidad, es una imagen tremendamente potente, visceral, sexual, telúrica, instintiva, animal. El encuentro con el falo como identidad de lo masculino es, como dice Eugene Monick, un encuentro con el alma. Algo emana desde lo más profundo de lo inconsciente y mueve una energía psíquica que nos pone en contacto con un elemento cargado de misterio, algo que está en nosotros pero que muchas veces no podemos controlar fácilmente. Nuestro pene comienza a erectarse y nuestra relación con el entorno cambia de perspectiva: nos sentimos más sensuales, nuestra voz se hace más aterciopelada, nuestro corazón se acelera y nuestra piel exuda un olor particular. Estamos más dispuesto a juegos eróticos y el pene erecto demanda su participación como personaje estelar. El falo encarnado en la erección expresa su cualidad masculina firme como roca, penetrante y tremendamente poderosa. Mientras permanece erecto demanda de nuestra atención, parece ejercer un poder al canalizar nuestro comportamiento hacia el punto culminante de su manifestación energética, que ocurre durante el orgasmo.

Para finalizar esta primera parte, Eugene Monick explica que la cualidad reveladora del falo se lleva a cabo por la emergencia de contenidos sumergidos en la psique:

"El falo se convirtió -durante eones de identificación masculina con sus idas y venidas guiadas por normas propias, sus éxitos y derrotas exteriores- en el símbolo divino para los varones. ...para un varón, el falo porta la imagen divina interior de lo masculino. ...Cuando el falo entra en una situación, se produce una aprehensión de la divinidad masculina que no podría producirse sin él. ...El falo físico se ha convertido en un símbolo religioso y psicológico porque decide por su propia cuenta - independientemente de las decisiones de su dueño- ... Por esto es que constituye una metáfora apropiada del inconsciente mismo, y específicamente de la forma masculina del inconsciente".

Bibliografía consultada:
Elder, George (XX). "Phallus". Ed. Mircea Eliade. The Free Press. New York.
Friedman, David (2002). "A mind of its own. A cultural history of the penis". The Free Press.
Monick, Eugene (1987). "Phallos: sacred image of the masculine".
Stephenson Bond, D. (1993). Living Myth.

martes, 12 de julio de 2011

La bestia: las energías instintivas, sexuales y creativas del hombre

Son curiosas las múltiples formas de relación que los hombres tenemos con nuestras energías instintivas, sexuales y creativas. Tal como lo expresamos en un artículo anterior, las conexiones que establecemos con nuestro género están asociadas en un principio a patrones culturales, pero luego, con el inicio de la pubertad, se nos presentan en un principio a través de la relación que establecemos con nuestro pene. La testosterona nos despierta a nuevas dimensiones de experiencia, la mayoría signadas por lo instintivo, lo animal. De allí que para algunos, estas nuevas sensaciones se nos presenten como un monstruo que no conocemos: misterioso, amenazante pero a la vez fascinante, al que se nos obliga normalmente a reprimir, estigmatizado con ideas de culpa y pecado.

Ed Ergoth es un terapeuta sexual que vive en California. Su historia de vida con relación a sus energías instintivas, afectivas, sexuales y creativas, las que él llamó su bestia interna, es un testimonio que puede tener coincidencias experienciales con algunos de nosotros. Las relaciones del hombre con su pene, y con sus diversas formas de expresión, normalmente son condenadas por la sociedad como inmorales y por muchas religiones como inspiradas por el demonio. Sin embargo, forma parte del crecimiento personal de cada hombre reconocer que todo vínculo con el falo forma parte de su identificación con el símbolo masculino de sus energías instintivas, arquetípicas y creativas. A continuación transcribo al español un artículo que Ergoth publicó en la revista White Crane Journal en 2007.

Conociendo a mi bestia interna
Traducción y adaptación del artículo titulado: Getting to know my beast, por Ed Ergoth

“¡Me encanta masturbarme!, ¡mucho! A través de la masturbación fue que encontré a mi bestia interna. Acepté a mi bestia interna gracias a la masturbación, y así, sané las relaciones con mi cuerpo. Celebro mi bestia a través de la masturbación y estoy, en estos momentos, compartiendo mis sentimientos y creencias con la esperanza de que puedan despertar debate, disgustos, discusión y delicia. Estas son mis creencias y mi historia con relación a mi bestia, nada más ni nada menos.

Siendo niño aprendí a distanciarme de mi cuerpo. Mi padre me llevó a hacer deportes y, aunque fue bien intencionado, las cosas no transcurrieron de la manera que él había previsto. Yo no era muy atlético. Si bien es cierto que, para muchos chicos, hacer deportes es una manera de cultivar la autoestima, en mi caso, solo reforzó lo contrario, dado que mi cuerpo no cooperaba mucho y yo no podía hacer lo que hacían los otros. Los otros chicos recibían medallas y trofeos, en cambio yo aprendí a no querer el cuerpo que me había sido dado. Siempre quise ser un chico delgado, de esos que corrían muy rápido, aquellos considerados buenos atletas. Nunca fui ninguno de ellos, así que desde niño aprendí a separarme de mi cuerpo. Pero mucho después, cuando comencé a conectarme conscientemente con mi bestia, aprendí no solamente a estar de nuevo en mi propio cuerpo, sino también a celebrarlo.

A una edad muy temprana, aprendí también a reprimir mis emociones. Me tocó presenciar muestras de emociones violentas e incontroladas. Aprendí entonces que las emociones pueden herir a la gente. Recuerdo claramente cómo la rabia de mi padre, no solamente hería a otras personas, sino que me hería también a mí directamente. Y rezaba en ese entonces por no herir a nadie de esa manera. Me recuerdo parado en la ducha, llorando como un bebé, después de un episodio particularmente horrendo de rabia, y diciéndome a mí mismo que si no me dejaba llevar por mis emociones era posible que no hiriera a nadie. Paré de llorar y simplemente me desprendí de mis emociones y, aunque no lo hice de inmediato, traté de enterrar a mi bestia interna. Envidiaba al Sr. Spock de Viaje a las Estrellas porque nunca se dejaba arrebatar por las emociones. Simplemente apagué mis emociones. Y no fue hasta que logré rescatar a mi bestia que aprendí a convivir confortablemente con mis emociones de nuevo, y a celebrarlas.

En mi niñez aprendí a distanciarme de mi cuerpo y de mis emociones. Aprendí a no sentir. Aprendí cómo no expresar mis emociones. Y sin éstas, puse a mi bestia a dormir. Y todo funcionó así hasta que entré en la pubertad cuando la bestia despertó sin yo quererlo.


La adolescencia fue una época de confusión para mí y para mi bestia. Y cuando aprendí a masturbarme, aprendí cómo estar en mi cuerpo de nuevo, al menos por un corto tiempo. Recuerdo lo divino de las sensaciones en mi cuerpo cuando me masturbaba siendo un adolescente. Yo vivía cerca de un área boscosa. Durante los meses cálidos podía pasar horas en el bosque masturbándome. Aún siendo adolescente, recuerdo el sentimiento de masturbarme en la naturaleza, aprendiendo a estar en mi cuerpo. También me encantaba el bosque porque podía expresarme vocalmente sin temor a ser escuchado. Aprendí conectarme con mi bestia y dejarla aflorar para jugar con ella.

Recuerdo también los fuertes sentimientos de culpa que vinieron luego. En mí existían todos esos aprendizajes religiosos que me convencieron de que la bestia era realmente el demonio, y que yo iría al infierno. Lamentablemente, mis padres nunca me hablaron mucho sobre el asunto. Sin embargo recuerdo un incidente, cuando mi padre me llevó aparte para decirme que mi madre estaba al tanto de las manchas encontradas en las sábanas en la cama. Este incidente realmente no cambió mucho mi comportamiento en cuanto al hábito de masturbarme, excepto el de estar pendiente de no dejar, desde ese entonces, ninguna evidencia. Pero ello contribuyó a generar sentimientos de culpa y ayudó a repudiar de nuevo a mi bestia.

En la universidad mi bestia fue dejada literalmente en el rincón. La primera semana en la sala de los estudiantes escuché una historia sobre un chico que se encontró la primera vez con su compañero de cuarto y lo capturó, casualmente, masturbándose. Ja ja, no saben cómo deseé en secreto que ese hubiera sido el caso de mi propio compañero de cuarto, las cosas pudieron haber sido diferentes. Esto me llevó a aprender rápidamente ese hábito que me costó muchísimos años romper: aprendí a masturbarme rápidamente y calladamente, de manera que nadie pudiera sorprenderme. Mi bestia no estuvo involucrada nunca más. La masturbación se movió desde una experiencia consciente a justamente algo que no debía ser expresado ni descubierto. Y de esta manera volví a perder la conexión con mi cuerpo.

Simplemente me batí en retirada, y lo hice muy bien durante la universidad. Hice todo lo que se esperaba que hiciera, y me comportaba justo como cualquier otro chico universitario. Pero por dentro estaba adormecido. Hice las cosas que se esperaban que fueran aceptables: me desconecté de mi bestia, apagué todas mis emociones e hice todo lo que los demás esperaban que hiciera. Me sumergí en los estudios universitarios y luego en una carrera. Enterré a la bestia y me desconecté de mi cuerpo. Simplemente fui el chico que yo pensaba que era lo que otros esperaban de mí.

Lo hice por muchos años y olvidé absolutamente a la bestia. Mi cuerpo estaba estresado. Presté atención a unas palabras de un maestro muy sabio que nos decía a muchos de nosotros que el placer es la ausencia de dolor. Pero mi cuerpo se volvió doloroso. Mis intestinos eran un desastre. Para mí, el placer se convirtió en la ausencia de dolor. De repente algo estalló en mí. Recordé aquellos años, mucho tiempo atrás, cuando estaba en mi propio cuerpo. Cuando estaba desnudo en el bosque, masturbándome y completamente lleno de regocijo. ¿Qué había pasado con la satisfacción de esos años?

Comencé entonces a reaprender todas esas cosas increíbles que había aprendido cuando era joven: mientras me masturbaba por mucho tiempo, sin llegar a eyacular, estaba más propenso a alcanzar estados increíbles de éxtasis erótico. Y volví a estar consciente de mi propia masturbación. Trabajé para sentir el placer, y no en encontrar una forma rápida de eyacular. Me encontré de nuevo con esa manera vocal de expresarme. Sin pensarlo, esos sonidos guturales comenzaron a emerger de nuevo. La Bestia empezaba a despertar después de un largo sueño.


Por este mismo tiempo empecé a explorar de nuevo mis emociones. Recuerdo haber participado en una poderosa sesión terapéutica donde alguien provocó en mí una respuesta violenta. Esta persona lo hizo desde el corazón y el cariño. Él sabía que había algo enterrado dentro de mí que necesitaba salir a flote. Dejé salir la agresión, pero no en contra el hombre que trabajaba sobre mis emociones, sino más bien sobre mí mismo. Comencé de nuevo a acoplarme con mis emociones.

Ahora, a mediados de mis 40 finalmente vengo no solo a aceptar, sino también a celebrar a mi bestia. Pasé muchos años reprimiendo esta parte de mí porque sentía miedo de ella. Veía la violencia con ojos de niño y no quería cometer violencia conmigo mismo. Después de mucho tiempo y reflexión, finalmente vine a honrar mi bestia. Es la bestia quien me hace ser el que soy. Es la bestia quien dirige mis metas. Es la bestia la que me hace erótico. Pero también la bestia puede ser agresiva. Sin embargo la agresividad está lejos de ser el comportamiento principal en el ser humano. Tener miedo de mi bestia interna, para mí, es tener miedo de mi pene.

Para mí, el masturbarme se volvió un ritual para honrar a mi bestia. Me gusta honrar esa parte primitiva y profunda de mi ser. Y honro esa parte de mí aún cuando no parezcan existir razones para ello. Honro esa parte de mí que es vocal: gutural y sin palabras. Honro esa bestia que me ayudó a estar en mi propio cuerpo. Celebro que ella esté completamente dentro de mi cuerpo. Respiro para llamarla. Respiro para aquietar mi mente. Respiro para sentir lo que no puede ser sentido de otra manera. Respiro para invocar mis energías más primitivas.

A través de estos rituales masturbatorios he desarrollado una conexión espiritual con mi cuerpo. El placer que he sentido me ha ayudado a superar los bochornos que sentía respecto de mi cuerpo. Me he dado cuenta de que había desarrollado una relación pobre con mi cuerpo hasta que descubrí a mi Bestia interna. Mi Bestia me enseñó cómo estar en mi cuerpo. Me enseñó cómo abrirme y estar orgulloso, con regocijo. Me enseñó cómo estar en conexión con las energías primitivas que conforman la fuerza de la vida. Cuando me encuentro en trance erótico me hallo consciente del fuego en cada nervio, de cada respuesta de los músculos. No puedo pensar sino en estar conectado con las poderosas fuerzas que lo han creado. Aprecio estar en mi cuerpo, que me ha ayudado a mejorar los sentimientos sobre mí mismo. He aprendido la importancia de cuidar de mi cuerpo y estoy en deuda con alto poder que lo ha creado para mí.

A través de estas experiencias sané los sentimientos de culpa asociados con el placer. Recuerdo a mi padre preocupado por las manchas de semen en las sábanas y transformé la culpa en celebración. La eyaculación es un regalo sagrado para mí. Cuando escojo eyacular honro mi esencia y a todos mis ancestros. Honro el regalo de energía erótica que se expresa en el orgasmo. Honro a la bestia que revela su energía.


Mi bestia interna es parte de mi altar. Siempre trato de comenzar el día dedicándole algún tiempo a mi altar y el dialogar con mi bestia es parte de ese tiempo. Ella me ha enseñado muchas lecciones y estoy seguro que hay muchas más lecciones por venir. Después de muchos años he experimentado que mi vida es más completa porque soy uno con mi Bestia.”